La historia de la Virgen del Buen Suceso.

La advocación de la Virgen del Buen Suceso se inició en Traiguera.

En el año 1606 se encontró en una cueva de Traiguera.

En España y en el mundo, hay diversas imágenes milagrosas de la Virgen del Buen Suceso, pero la oficialidad se le otorgó a la encontrada en Traiguera.

La devoción a Nuestra Señora María del Buen Suceso, Virgen del Buen Suceso o Nuestra Señora del Buen Suceso era una advocación bien conocida en España.

Las huellas de esta advocación se remonta a la época de las guerras de liberación de los musulmanes.

Es al “Buen Suceso” que un magnífico altar fuera dedicado por la victoria de El Cid al entrar triunfante en la ciudad de Almenara.

El significado del término “Buen Suceso” es el milagro o la intervención sobrenatural de la Madre de Dios que intercede a favor de sus hijos.

Es el acontecimiento extraordinario que convierte una imagen de piedra o de madera, en una “puerta” a Dios o “puerta del Cielo”.

La Virgen del Buen Suceso era patrona de Sagunto-Valencia. Es una estatua de mármol de 40 cm. de altura que se venera en el convento de las Religiosas (Siervas de María) de la ciudad. La leyenda dice que la estatua apareció flotando en las aguas del mar, rodeada de 5 estrellas.

En el área de Cabanes-Castellón, un día, a la madre de un niño gravemente enfermo, Francisco Gavaldá – el futuro Obispo de Segorbe – sucedió que, como ella estaba rezando ante la Virgen del Rosario, vió cómo la estatua comenzaba a sudar.

La madre secó la transpiración de la estatua con un paño que dejó debajo de la almohada de su hijo. A la mañana siguiente, el niño se despertó completamente curado. Este “Buen Suceso”, el primero de muchos “logros,” que siguieron, dió lugar al cambio del nombre de la Estatua Sagrada.

Todas estas noticias de buenos sucesos que dieron nombre a las vírgenes que las protagonizaron, sufrió un cambio con la determinación, con el sello de autoridad puesto en la invocación de Nuestra Señora del Buen Suceso por el Papa Pablo V 1065-1621, que ha sido crucial para el éxito, y que a partir de ello la virgen del buen suceso es en forma y denominación la que se inicio en Traiguera, veamos los hechos.

La historia del encuentro de la Virgen del Buen Suceso en los montes de Traiguera.

Es particularmente emotiva la narración de los avatares sufridos por los hermanos obregones, con el final feliz-buen suceso- que determinó el título de esta advocación de Nuestra Señora, dado por el papa Paulo V a esta Virgen, que en nuestros días se venera en la Iglesia del Buen Suceso, antigua Iglesia del Hospital del Aire (nuevamente levantada)

Bernardino de Obregón (1540-1599) era un jóven Español, rico y orgulloso. Un día, en 1567, sintió tanto la humildad de un pobre transeúnte, que cambió su vida y decidió dedicarse a servir a los pobres y a los enfermos.

Con la aprobación del Nuncio y el Rey Felipe II de España, fundó, en virtud de la Regla de la Orden Tercera de San Francisco de la Paola, la “Congregación religiosa de los Mínimos para la asistencia de enfermos” (que sirvió sobre todo en los hospitales).

Los votos fueron castidad, pobreza, obediencia y hospitalidad. En 1599, Obregón murió y fué enterrado em el Hospital General de Madrid, donde sus “Obregones” estaban trabajando.

En 1606, el sucesor, el Hermano Gabriel de Fontanet, con el Hermano Guillermo de Rigosa, fué a Roma para pedir al Papa la aprobación de la extension de su jurisdicción no solamente sobre la ciudad de Madrid sino sobre la de España entera.

Hicieron el viaje a pié. Habiendo pasado Valencia, cerca de la frontera con Cataluña, en el cruce de la sierra de Valdancha entre Traiguera y Castellón, los dos Hermanos perdieron su camino y una terrible tormenta vino sobre ellos durante la noche. Cuando rezaban para encontrar un lugar seguro donde morir, ya que ambos temían que la furia de la tormenta podría causar su muerte, vieron una luz brillante en lo alto de la cordillera. Decidieron subir hacia la luz.

Al hacerlo, no sólo veían una hermosa luz dentro de una cueva, sino tambien un santuario a la Madre de Dios con bellas flores fragantes y raras que allí crecían. Al entrar en la cueva, descubrieron una estatua de una Virgen María sonriente, el Niño Jesús en el brazo izquierdo, un cetro en su mano derecha y una corona maravillosa em su cabeza.

La estatua era más bien pequeña, de sólo 53 cm de alto, con el Niño Jesús de 11 cm de altura. Ambos tenían el pelo castaño, los ojos negros, la piel encarnada. La estatua era de madera de ciprés.

¡No sólo había algo milagroso en este descubrimiento, sino que el asombro de los doshermanos es que no podrían imaginar quién podría esculpir una obra de arte de tal belleza y perfección!

Colocaron la estatua en una canasta y continuaron su viaje a Roma. El Papa Pablo V recibió a los dos hermanos y escuchó la historia del descubrimiento de la Estatua.

Comprendiendo la naturaleza sobrenatural del caso, se arrodilló, puso su cruz pectoral alrededor del cuello de la estatua, la abrazó y la besó y, exclamó: «¡Mira,sonríe! ¿Por qué está sonriendo? ¡Qué buen éxito ha logrado con este viaje!

No hay duda que Nuestra Señora ha decidido protegerlo a usted y apoyarle en su trabajo. Así que no soy yo quien vaya en contra Suya. ¡Que sus deseos tengan un Buen Suceso!».

Cuadro del retablo de la iglesia del Buen Suceso de Sevilla. Los dos hermanos  Gabriel de Fontanete  y Guillermo de Rigosa  que muestran al papa Paulo V  la imagen milagrosamente  encontrada en una cueva de España. Iglesia del Buen Suceso en Sevilla.

 

Retablo de Sevillla. Paulo V  retratado con el gesto de quitarse el pectoral  y ponerlo al cuello de la sagrada imagen, después de haberse arrodillado ante ella, la abrazó y la besó, y le dio el nombre de Nuestra Señora del Buen Suceso y mandó promover su devoción. Iglesia del Buen Suceso en Sevilla.

 

Iglesia del Buen Suceso en Sevilla. La iglesia conventual del Buen Suceso de la Orden Tercera de los Padres Carmelitas de Sevilla es el único vestigio que ha llegado a nuestros días de que fuera el hospital del Buen Suceso o de Convalecientes, cuyo origen se remonta a una ermita situada en el barrio de la Morería. Su historia recoge cómo en 1635 llegan a Sevilla los hermanos Obregones con la intención de construir un hospital a imagen del fundado en Madrid, iniciándose las obras del hispalense en 1690 con el derribo de la antigua capilla. El templo fue cedido a los carmelitas en 1890 por el Arzobispo Sanz y Forés, firmándose la cesión por el Cardenal Spínola el 16 de julio de 1896, festividad de la advocación del Carmen.

Iglesia del Buen Suceso de Sevilla.

 

Despues, el Papa Pablo V bendijo la estatua, le concedió muchas indulgencias, le dió el nombre de “Nuestra Señora del Buen Suceso” y ordenó que su devoción fuera promovida.

En memoria de la cruz pectoral que Pablo V había colocado en Nuestra Señora del Buen Suceso, autorizó a que los hermanos, de la Orden, utilizaran una cruz de tela en su túnica de color negro.

Al final, Pablo V decretó que la Congregación: “Religiosos de los Mínimos para la asistencia de enfermos“ fuera establecida como una Orden Religiosa.

En su viaje de regreso, los dos hermanos, llegaron a Valencia, que estaba en las garras de la peste. Descubrieron que nueve de sus doce hermanos murieron por contagio.

Continuaron su camino a Madrid y pusieron la Estatua Sagrada en el altar de la iglesia del Hospital General, hasta que, el encargado del Hospital Real de la Corte, en la “Puerta del Sol” en Madrid, sustituyera la estatua de la enfermería.

La iglesia del Buen Suceso tiene su origen en una modesta ermita medieval vinculada al Hospital de San Andrés, creado en el siglo XV para atender a los enfermos de una cruel epidemia que asoló la ciudad.

La institución, situada en la confluencia de la calle Alcalá y la Carrera de San Jerónimo, se convertiría más tarde en el Real Hospital de la Corte. 

El hospital del Buen Suceso se fundó en 1438, cuando la puerta del Sol quedaba aún fuera de los límites de la muralla. “Ese año entró en Madrid cruel y rigurosa peste”,  Entre abril y noviembre murieron más de 5.000 personas, una cuarta parte de la población de la villa.

Reinando Juan II de Castilla, se ordenó construir ese hospital para atender a los “pestosos”, en un caserón apartado de la ciudad junto a la ermita y humilladero de San Andrés.

Los Reyes Católicos crearon a finales del siglo XV el Hospital de la Corte, para atender a sus soldados y criados, que tuvo carácter itinerante (como la propia corte) hasta que, en 1529, Carlos V decidió fijarlo en la Puerta del Sol, mandando reedificar a tal efecto el templo y el hospital de pestosos, y comprando casas y corrales a su alrededor para hacerlo.

Mandado edificar por Carlos I, en torno a 1529, los primeros cometidos del hospital fueron los de asistir a soldados procedentes de las innumerables guerras que asolaban Europa y a los funcionarios de la Corte que, aunque itinerante aún en aquellos años, registraba cada vez un mayor número de cortesanos a su servicio asentados en Madrid. Soldados y cortesanos anónimos hoy en día pero que en vida tuvieron familia, sueños y esperanzas.

Historias en 60 camas, las que disponía el Hospital al comenzar su actividad y que en 1561 está plenamente operativo. 30 años después y ante la mala calidad de los materiales empleados, los cimientos del Hospital están dando muestras de debilidad.

Felipe II ordena a la Junta de Policía de Madrid la demolición del Hospital y la construcción en su lugar, de una nueva iglesia y enfermería. La iglesia sería conocida como la del Buen Suceso.

Este hospital, fundado por el Rey Fernando e Isabel de Castilla para la asistencia y cuidado de soldados infectados, fué ampliado por el Emperador Carlos V en 1529. El Rey Felipe II personalmente trazó el plan de de su pequeña iglesia, y el Hospital y la iglesia fueron declarados Patronato Real.

En 1590, Felipe II ordenó reconstruir de nuevo el conjunto, aunque las obras se pararon por la crisis económica y el traslado durante cinco años de la corte (y su hospital) a Valladolid por decisión de su hijo, Felipe III.

El hospital de San Andrés y la iglesia del Buen Suceso fueron construidos en el último tercio del XVI con la presumible traza de Juan Herrera.

Se alzaban sobre una parcela trapezoidal con una ermita con culto desde el siglo XV.

Tras morir Herrera en 1597 la construcción considerada como canon del repertorio arquitectónico renacentista paso al aparador Diego Silero autor de la plaza mayor y a Francisco Mora.

Asentado en una escalinata de gradas a la manera del cercano y desaparecido mentidero y templo de San Felipe.

Fue ese monarca el que, en 1611, concluida al fin la obra, bautizó hospital y templo como del Buen Suceso, en honor de una imagen de la Virgen hallada cinco años antes por dos frailes de camino a Roma en un paraje entre Valencia y Cataluña.

La iglesia, que medía 80 pies de largo y 60 de ancho, fue reconstruida a finales de siglo XVII ante su inminente ruina.

El 6 de Junio de 1611, el Rey Felipe II hizo la dedicación de la nueva iglesia y, en la presencia de la Reina y toda la Corte, puso la Estatua de Nuestra Señora del Buen Suceso en la iglesia, encima de la tercera capilla.

El 19 de septiembre de 1641, en una solemne ceremonia, la Estatua Sagrada, que dió su nombre al Hospita lde la Corte y su iglesia, fué colocada sobre el altar principal.

El Rey Felipe III colocó allí la Estatua Sagrada con un privilegio sin precedente en España y en el mundo: era la única iglesia en el mundo donde la Misa se celebraba desde las 5 de la mañana hasta las 2 de la tarde. ¡Ni siquiera en Roma había una iglesia con tal privilegio!

La iglesia recibió privilegios considerables: fué hecha una parroquia, como la Capilla Mayor de los Reyes y del Vicario General de los ejércitos y de las Fuerzas Armadas.

La estatua se quedó, en esta iglesia de la “Puerta del Sol” de Madrid, durante unos doscientos años.

Bajo la advocación de la Virgen milagrosa favorita de la casa de  Austria. la iglesia fue escenario de las exequias en 1569 de Isabel de Valois esposa de Felipe II, asimismo de la entrada triunfal de la Reina Ana de Austria y un siglo despues de los fastos para recibir a Carlos VII  de Nápoles tras ser entronizado como Carlos III de España.

En septiembre de 1611, ya en tiempos de Felipe III, se dieron por finalizadas las obras de la iglesia.

Por aquellas fechas los hospitales atendidos por la Orden se habían reducido a tres, después de la reforma acometida por Felipe II. Gabriel fue destinado al Hospital de Corte, se llevó la imagen con él, y la instaló en la enfermería, pero no estuvo mucho tiempo ahí escondida, pronto fue trasladada a la iglesia, debido a la insistencia del hermano, que deseaba un lugar más importante para la imagen de la virgen, así que en marzo del año 1621 la cedió a la Junta de Diputados del Hospital. Unos años después, el 19 de septiembre de 1641, pasó por fin al Altar Mayor.

Desde muy pronto esta pequeña y nueva imagen fue objeto de una gran devoción tanto popular como real.

A partir de 1612, tras la colocación de una imagen de la Virgen del Buen Suceso traída desde Roma en una de las capillas, la iglesia comenzó a ser conocida con ese nombre.

En 1618, el rey Felipe III envió dos carabelas al Estrecho de Magallanes con dos nombres significativos: una recibió el nombre de “Virgen de Atocha” y la otra el de “Virgen del Buen Suceso”.

Pero los eternos problemas del Buen Suceso continuaron y hacia 1693 eran verdaderamente preocupantes. Se realizaron algunas reparaciones de urgencia, pero en 1695 se observó que uno de los lienzos de la iglesia estaba amenazando ruina.

Ante la grave situación advertida se plantearon dos posibilidades: o mantener la planta del edificio antiguo, aunque las crecientes necesidades de culto empezaban a pedir más espacio, o ampliarla a costa de la lonja añadiendo así un tramo a los pies de la nave principal y las correspondientes capillas laterales, aunque esto obligaría a levantar una nueva fachada y modificar la cúpula.

Los miembros del Patronato adoptaron esta última propuesta, de José del Olmo, en esos momentos Maestro Mayor de las Obras Reales, y en el mes de octubre se iniciaron los derribos de la zona más deteriorada.

Y comenzó la reedificación del templo.

La forma y disposición del viejo edificio construido por Francisco de Mora lógicamente condicionó las soluciones adoptadas. Las obras significaron en parte una verdadera reedificación del edificio, pero aunque modificaron sustancialmente la disposición del templo original, por otra parte consistieron en una reconstrucción acorde con el modelo clasicista de Francisco de Mora.

Así pues, se construyó una nueva fachada, aunque a la entrada, bajo un arco de medio punto entre dinteles, sobrevivió la antigua portada dórica con los escudos reales, testigo feliz de los orígenes de la construcción en tiempos del anterior arquitecto.

Parte de su singularidad estaba en el hecho de que la planta se tuvo que adaptar a la forma trapezoidal de la parcela, y en su zona más estrecha.

A mediados de 1697, terminada la fachada, ya únicamente faltaba cubrir la iglesia y terminar la cúpula, y a principios del año siguiente se acordaron los detalles para la finalización de la obra.

El templo se dio por terminado en febrero de 1700..

Encima de ellos una media naranja sujetaba una cupula rematada por una cruz que fue abatida en 1755 por el terremoto de Lisboa.

Puerta del Sol hacia 1800. En el centro, la Iglesia del Buen Suceso y, a la derecha, el Convento de Nuestra Señora de las Victorias.

 

Así pintó Luis Paret en 1773 la plaza más bonita de Madrid, una escena protagonizada por la Iglesia del Buen Suceso, donde hoy se levanta la tienda de Apple.V

Los acontecimientos bélicos d 1808 produjeron daños en el edificio, en 1839 se volvió a reformar y en 1854 el hospital y la iglesias fueron demolidos para hacer el ensanche de la Puerta del Sol.

Pero no acabaron aquí las desventuras de esta iglesia objeto de gran devoción popular, poco más de un siglo vivió en paz el Buen Suceso. Los graves acontecimientos del 2 de mayo de 1808 dañaron el edificio, tanto en la fachada como en su interior, el templo fue saqueado por los franceses, y el retablo central destruido; no se sabe muy bien porqué, pero la imagen de la Virgen, quizá tan chiquita alguien pudo esconderla, se salvó.

Al año siguiente el rey francés José Bonaparte convirtió el templo en cuartel y hospital para sus tropas, todas las propiedades de la fundación real fueron requisadas y la Virgen fue trasladada a la cercana iglesia del Carmen.

Durante la Guerra de la Independencia la Iglesia sufre varios daños que afectan seriamente a su estructura. Las luchas que se suceden día tras día en la Puerta del Sol convertirán al a Iglesia en un símbolo de la resistencia contra el invasor francés.

Allí estuvo hasta 1813 cuando el francés salió por fin de Madrid, y la imagen del Buen Suceso pudo regresar a su casa.

En la década de los 30 se volvió a reformar.

La estatua se quedó, en esta iglesia de la “Puerta del Sol” de Madrid, durante unos doscientos años.

Se trasladó durante los horrores, las matanzas y la destrucción de la Guerra de Sucesión española, cuando los ejércitos extranjeros invadieron España y, en el patio del Hospital, fueron fusilados muchos héroes de Madrid.

A raíz de las ruinas causadas por la guerra, la estatua Sagrada fué colocada en un nicho de la iglesia del Buen Suceso, hasta que fué trasladada en 1832, en primer lugar, a la Real Colegio de Nuestra Señora de Loreto, y a continuación, en la Capilla del Palacio Real.

Pero ya a estas alturas de su azarosa historia a la Iglesia del Buen Suceso le quedaban pocos años de vida.

La demolición comenzó el día 24 de febrero de 1854.

Del edificio sólo quedaron unas columnas, que fueron llevadas a la Casa de Bruguera, en el paseo de la Castellana.

La reforma de la plaza de Sol en 1854, determinó la demolición de muchos edificios, entre ellos la iglesia y el hospital del Buen Suceso.

El área del Hospital de la Corte y de su iglesia fué asignado para otros usos, y así, en los últimos años, en esos lugares, nuevos y magníficos edificios se habían levantado.

Había un proyecto para reconstruir la iglesia del Hospital del Buen Suceso en una zona denominada Prado, enfrente del Jardín Botánico,pero la idea fué abandonada.

Fué la Reina Isabel II, quien insistió en que la idea de la reconstrucción de la iglesia dedicada al Buen Suceso no fuera abandonada, así que fué erigida en el barrio de Pozas, en 1868, frente al Hospital Central del Aire (el Hospital Militar), aunque no tan grande y magnífica como estaba previsto en el proyecto original de la reconstrucción.

La nueva iglesia se empezó a construir en 1866 por el arquitecto Agustín Ortiz de Villajos, en la calle de la Princesa, en el barrio de Argüelles. Quedando muy dañada durante los bombardeos de la guerra civil la segunda iglesia fue demolida en 1975. 

En 2008, las excavadoras toparon con restos de la iglesia del Buen Suceso, destruida en 1854 para ampliar la plaza al abrigo de las desamortizaciones liberales. 

En el mismo lugar que la anterior fue construida la actual iglesia por el arquitecto Manuel del Río en 1982.

 

Plano de Texeira 1656

 

La Puerta del Sol (Clifford, 1857.

O como ha ocurrido este verano en el sótano abovedado del antiguo hotel París, erigido en 1863 sobre las ruinas aún calientes del hospital del Buen Suceso, anejo en su día al templo y derruido con él.

En 2006, el hotel cerró al vender el propietario el inmueble por 80 millones de euros; la empresa estadounidense Apple se hizo con él y abrio su mayor tienda en España. La Comunidad le dio permiso para remozar de arriba abajo el edificio, pero le exigió contratar a un equipo de arqueólogos para las obras del sótano porque daba por seguro que emergerían restos del hospital.

 

En años posteriores, y hasta su derribo a mediados del siglo XIX, requirió de nuevas reformas. “Era un edificio de mala construcción que tuvo muchos problemas; ser un hospital de categoría no estaba reñido con su mala factura arquitectónica”, explica Nicolás Benet, arqueólogo de la Comunidad y responsable del seguimiento de la intervención.

Hay ilustraciones que muestran esos cambios a lo largo del tiempo, pero apenas quedan testimonios de las enfermerías y estancias interiores. El trabajo arqueológico permitirá perfilar la disposición del edificio (pese a estar en el sótano, los restos pueden corresponder a muros de la planta baja, puesto que la rasante de la calle ha ido subiendo). Luego, explica el director regional de Patrimonio Histórico, Jaime Ignacio Muñoz, se cubrirán con el pavimento del sótano de la tienda.

 

 

Antigua Iglesia de San Felipe en la Puerta del Sol.

 

Cuatro columnas toscanas de su claustro se conservan hoy en el interior del patio del museo muniipal en la calle Fuencarral 76.

Los fustes procedían del antiguo palacio de Bruguera junto a la plaza de Colón.

Aun cabe observar hoy sobre ellos llagas de armas de fuego de las tropas del vicario de Bonaparte el duque de Berg disparadas contra patriotas madrileños alzados en la Puerta del Sol contra el impostor el 2 de mayp de 1808

Sobre el frontón triangular de la iglesias fue colocado el primer reloj iluminado de la ciudad por el que se guiaban las diligencias, este reloj se traslado al edificio de correos actual , más tarde se cambio por otro y se construyo un aditivo torreón a la fachada del edificio..

 

 

Guerra civil.

En 1868 queda inaugurada la nueva Iglesia y hospital, obra del arquitecto Agustín Ortiz de Villajos.

Actual iglesia del Buen Suceso.

 

 

Y la iglesia del Buen Suceso que podemos contemplar hoy se haya en la Calle Princesa número 43 obra de los arquitectos Manuel del Río Martínez, Ignacio Ferrero Ruiz-de la Prada y Juan Hernández Ferrero.

En 2006, Durante las obras de construcción de la estación de metro y cercanías de Sol, se hallaron los restos de la antigua Iglesia del Buen Suceso.

Y al desenterrar los restos del primitivo Hospital Real de Corte se desvelan todas estas historias no contadas. Historias de personas que, directa o indirectamente, vivieron sus vidas estrechamente ligadas a estos dos edificios.

El día 7 Junio de 2006 el hallazgo de los restos de la cimentación de la desaparecida iglesia del Buen Suceso (siglo XV) en la Puerta del Sol, y que están protegidas en el acceso de la estación SOL del metro de Madrid.

La historia de los obregones, todavía existe en Madrid, la “Congregación de Hermanos de San Felipe Neri, al servicio de los pobres enfermos”, que es la misma fundada por Don Bernardino de Obregón

Estos hermanos que son los herederos de la primitiva congregación de “obregones” que había estado bajo el patrocinio de San Francisco de Paula, fundada por el caballero de Felipe II, Venerable Don Bernardino de Obregón, de una vida paralela a Don Miguel de Mañara lee a los hermanos las Reglas de la Congregación de Hermanos de la Santa Caridad

la del caballero sevillano, Don Miguel de Mañara fundador también de una congregación llamada Hermandad de la Caridad, al servicio de los enfermos del Hospital Sevillano de la Santa Caridad (según algunos fue el que inspiró a Tirso de Molina -seudónimo de Fray Gabriel Téllez,  1579-1648-  célebre autor barroco, dramaturgo español, poeta y narrador, fraile mercedario, autor de “El condenado por desconfiado” y  el “Burlador de Sevilla”, que creó el personaje luego convertido en mito de “Don Juan Tenorio“, que conocemos por la obra de Zorrilla “Don Juan Tenorio“)

He dado estas referencias históricas a los dos caballeros venerables y grandes santos, como homenaje personal a estos españoles ilustres de la historia, que han ejercido una gran  influencia hasta  nuestros días en las dos ciudades españolas,Madrid y Sevilla.

La Real Casa de Correos y su reloj.

La Real Casa de Correos es el edificio más antiguo de la plaza de la Puerta del Sol, y data de mediados del siglo XVIII, cuando España se regía bajo el reinado de Fernando VI.

La idea original de su construcción fue del Marqués de la Ensenada, y el hombre designado para llevar a cabo el proyecto, Buenaventura Rodríguez Tizón, arquitecto titular del municipio de Madrid, y responsable de otras grandes obras como la capilla del Palacio Real, en la misma capital, o la fachada de la Catedral de Pamplona.

Tras la muerte sin descendencia de Fernando VI y la llegada al trono de su hermanastro Carlos III, el francés Jaime Marquet (quien en principio había sido traído sólo para encargarse del pavimento de las calles), fue designado como nuevo arquitecto del proyecto, sustituyendo a Ventura Rodríguez. 

El arquitecto español quedó relegado a encargarse del empedrado, siendo ésta una situación que no gustó nada al pueblo español, y dio origen al dicho popular “al arquitecto la piedra, y la casa al empedrador”.

Al finalizar su construcción, no sin ciertos obstáculos debido a extrañas leyendas que circulaban entre los obreros y que llegaron a paralizar las obras, el edificio de la Real Casa de Correos recibió además muchas críticas por su diseño francés, su distribución interior en departamentos estancos o por carecer de unas escaleras a la altura de su importancia.

Tras servir como Real Casa de Correos durante casi un siglo, en 1847 el controvertido edificio pasó a albergar el Ministerio de Gobernación. 

Diez años después se construyó la torre destinada a alojar el reloj que hasta entonces marcaba la hora desde la fachada de la Iglesia del Buen Suceso, también en la Puerta del Sol.

Este reloj, de construcción medieval y una única manilla, ya en la época causaba gran irritación entre los madrileños debido a su irregularidad.

No sería hasta 1865 cuando el prestigioso relojero leonés José Rodríguez Losada, residente en Londres y sin duda alertado de las críticas que el antiguo reloj recibía, donó al pueblo de Madrid el reloj que ahora contemplamos. El reloj está compuesto por cuatro esferas indicando la hora y una campana que ha sido la encargada de anunciar el cambio de año a los madrileños desde 1916, y a nivel nacional, con la retransmisión televisiva del evento desde el año 1962.

Existe cierto consenso en fijar su naci­miento en 1797 en la aldea leonesa de Irue­la, localidad perteneciente por aquel enton­ces a la jurisdicción de Losada. Su verdadero nombre era José Rodríguez Conejero, pero según la costumbre de la época de los emi­grados, cambió su segundo apellido por el de su pueblo natal. En este caso, eligió el de Losada. Y con ese nombre sería conocido por toda Europa.

Sus padres, Miguel Rodríguez y María Conejero, tuvieron varios hijos. José era el mayor y se dedicaba a pastorear las vacas de su progenitor, un hidalgo venido a menos. En 1814, finalizada la Guerra de la Indepen­dencia, España se hallaba arruinada y devas­tada en muchos aspectos. Nada más regresar de su dulce cautiverio en Francia, Fernando VII fulmina el régimen constitucional instau­rado por las Cortes de Cádiz y se erige como el rey. La constitución de 1812 queda anu­lada y se reinstaura el absolutismo. Precisa­mente un anochecer de 1814, José regresó a su casa habiendo perdido una ternera. Su padre le dijo que si volvía sin ella lo mataría a palos. Buscó al animal y lo encontró muer­to, devorado por los lobos. Asustado por la paliza mortal que le esperaba, decidió huir. Tomó la decisión de no volver a la casa pa­terna. Al amanecer del día siguiente, lo re­cogió un arriero que iba a Extremadura y decidió viajar con él.

A partir de entonces, José desempeñó variados oficios hasta que, durante el Trie­nio Constitucional, se alista en las filas libe­rales y alcanza el grado de oficial de caballe­ría. En 1823 termina el sueño liberal, el general Rafael Riego será derrotado a me­diados de septiembre en Jaén por el ejército realista y los Cien Mil Hijos de San Luis. Po­cos días después, la batalla de Trocadero (Cádiz) supone el triunfo definitivo de las armas absolutistas. El reinado de Fernan­do VII entra en su última fase, la Década Ominosa (1823 1833), lo que ralentiza la modernización del país en todos los órde­nes. Sin embargo, José Rodríguez nunca abandonará su ideología liberal, lo que le acarreará que la monarquía absoluta fernan­dina siga persiguiéndolo.

En 1828, la persecución policial contra José Rodríguez se estrecha. El superinten­dente de policía de Madrid, José Zorrilla Caballero, centra su labor profesional en la detención de los miembros de los grupús­culos liberales que se reunían en secreto.El superintendente, con un extraño sentido teatral, se disfrazaba de fraile para infiltrarse en las reuniones liberales e identificar a sus componentes y, también, revestido con el hábito, acudía a sus citas amorosas para son­ sacar información política a sus eventuales amantes. José Rodríguez y sus compañeros liberales le tendieron un atardecer una tram­pa al jefe de policía y consiguieron que éste, bajo presión, firmara un documento oficial para que José pudiera sortear los puestos aduaneros y poder cruzar la frontera pire­naica. Consiguió eludir la persecución po­licial y, tras atravesar los Pirineos, pasó dos años en Francia hasta que decidió continuar su exilio en Inglaterra, la cuna de la Revolu­ción Industrial.

El Comité de Ayuda a los Emigrantes era la organización de exiliados españoles, radi­cada en Londres, que ayudaba económica­mente a los compatriotas liberales que huían de la represión del régimen absolutista de Fernando VII. Inglaterra se había converti­do el principal país de acogida de quienes defendían las libertades y la abolición del Antiguo Régimen, y en su capital se estable­ció nuestro protagonista.

Dicho Comité le buscó trabajo como mozo de limpieza en una relojería situada en Euston Road. Su propietario, John Hamil­ton, le encomendó que barriese el taller y la tienda, y que echase las piezas inservibles a la basura. Transcurridos seis meses, mister Ha­milton descubrió sorprendido que José no había tirado las piezas rotas, sino fabricado relojes con ellas. Admirado de su destreza, lo nombró su ayudante, y así comenzó una nueva etapa en su vida.

John Hamilton falleció en el invierno de 1835 y José se casó en agosto de 1838 con su viuda, Anna Sinclair Hamilton. Ella era diez años mayor que él, lo que no supuso ningún obstáculo para que tuvieran un dichoso ma­trimonio. José se hace cargo de la relojería y decide trasladarla a Woburn Buildings Tavis­tock Square. De manera paulatina, su reloje­ría adquiere notoriedad y sus relojes comien­zan a ser solicitados no sólo en Londres, sino en diversos lugares. Decide buscar un empla­zamiento comercial mejor y traslada la reloje­ría a Regent Street, 108, estableciéndose des­pués definitivamente en el número 105. Sus bellos relojes llevaban la firma J. R. Losada. Su espíritu y visión comercial le llevaron a anun­ciarse en prensa (española, sobre todo) y a abrir sucursales en otros países.

En la trastienda de su relojería fundó La Tertulia del Habla Española, a la que esta­ban invitados todos los españoles exiliados, establecidos en Londres por negocios o de viaje en la metrópoli. Estaba prohibido ha­blar de política para no generar discusiones, pues allí se daban cita carlistas, progresistas, moderados y unionistas, es decir, casi todo el arcoíris ideológico. Entre los tertulianos más famosos destacaron el general Cabrera –el Tigre del Maestrazgo–, el duque de Mon­tpensier, el general Prim y el dramaturgo José Zorrilla y Moral, hijo del jefe de policía que persiguió con saña a José Rodríguez Losada durante el absolutismo de Fernando VII. El relojero se hizo tan amigo del arruinado escritor, que pagó sus numerosas deudas, por lo que Zorrilla le devolvió el favor dedicán­dole algunas de sus obras.

La precisión y hermosura de sus relojes alcanzan fama internacional y son deman­dados por la flor y nata de media Europa. Se especializó en relojes de bolsillo y de saboneta, de los que llegó a construir más de cinco mil. Solían ser de oro y plata, con una maquinaria de precisión y unos delica­dos acabados en metales preciosos. Entre sus clientes estuvieron Isabel II, su esposo Francisco de Asís y las infantas, así como el general Narváez.

El país que un día lo persiguió reconoce su mérito, de manera que el Gobierno, en 1854, le concede la medalla de Caballero de la Orden de Carlos III. Se hacen gestiones gubernamentales para intentar que regrese a España, pero él nunca querrá abandonar Londres, la ciudad que lo acogió y donde prosperó.

La renovación de la flota de guerra es­pañola obligaba a disponer del mejor instru­mental técnico, siendo indispensables los cro­nómetros de precisión, por lo que la Armada le encargó varios de ellos. Pero su vinculación comercial con España no quedó restringida a la Marina, pues construyó un reloj­farola para Jerez que se instaló en la plaza del Arenal, así como los relojes de las catedrales de Caracas (Venezuela) y de Málaga. Y también los del Colegio Naval de San Fernando, del antiguo Ministerio de Fomento, de los Padres Esco­lapios de Getafe y del Arsenal de Cartagena.

En 1860 visitó España por motivos pro­fesionales. Durante su estancia en Madrid se alojó en un hotel en la Puerta del Sol y observó lo mal que funcionaba el reloj que había instalado en la Casa de Correos (en ese momento sede del Ministerio de Gober­nación), procedente de la antigua iglesia del Buen Suceso. Dicho reloj era una anti­gualla y atrasaba, e incluso era raro que las manecillas de las cuatro esferas concorda­sen, pues no era extraño que alguna mar­case una hora diferente a las demás. José, picado en su amor propio, decidió cons­truir un moderno reloj y donarlo al pue­blo de Madrid.

Aquel reloj, el de la Puerta del Sol, se­ría su obra cumbre. Se inauguró en noviem­bre de 1866 con motivo del cumpleaños de Isabel II.

Tal fue la fama alcanzada por José Ro­dríguez que recibió el encargo de reparar el Big Ben, ya que su constructor, John Dent –principal rival del español– había muerto. Y lo arregló.

Su esposa Anna falleció en 1862 y él con­tinuó al frente del negocio con la ayuda de dos sobrinos, a los que se trajo de su loca­lidad natal de Iruela para enseñarles el ofi­cio. Con la salud debilitada, José Rodríguez Losada murió en Londres el 6 de marzo de 1870 y legó su considerable fortuna a sus hermanas y sobrinos, a sus dos sirvientes y a su médico. Fue enterrado en el cementerio londinense de Kensal Green, donde repo­san sus restos.

Tan célebre fue en la segunda mitad del siglo XIX, que Benito Pérez Galdós lo saca en una escena de uno de sus Episodios Na­cionalesLa revolución de julio.

Fue uno de los grandes españoles del apasionante siglo XIX, un hombre que supo reinventarse, trabajar con denuedo, que fue capaz de reunir en su tertulia a compatrio­tas de ideas políticas enfrentadas y que cons­truyó el reloj de la Puerta del Sol, con cuyas campanadas en Nochevieja tomamos las uvas para celebrar el Año Nuevo. Un ritual alegre que nos une sin importar donde vivamos.

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